LA
CRUZ SANTA: MEMORIA Y PAISAJE.
A
primera vista, la afirmación puede antojar al lector algo fantástica o acaso
inverosímil; entraña, sin embargo, una sabiduría de llana y honda sencillez.
Llamo a esta tierra mi «segunda morada» porque a su geografía emotiva, célebre
por sus caldos blancos, vine para quedarme. Desde aquel lejano día de Nuestra
Señora de la Merced, solo he hallado dos formas de aplacar la soledad —sabiendo
que nunca se trata de vencerla del todo, sino de contemplar con serenidad
alguna de sus transfiguraciones—.
La
primera consiste en acomodarme en una antigua bodega, muy cerca del Casino Cruz
Santa, para acallar el rumor del pensamiento y vaciar la mente de todo afán. Es
entonces cuando la memoria de este territorio feraz toma posesión de mi
espíritu: siento el peso de la faena agrícola como el de una parra dorada y
percibo un murmullo que se filtra en las entrañas hasta sustituirlas. Un
susurro que ablanda mis viejos recuerdos escolares con los Salesianos en la
Villa de La Orotava, al tiempo que disipa mi antigua vivacidad en favor de esta
calma campestre.
El
segundo camino nace del hallazgo más venturoso: haber conocido en este
conmovedor paraje a mi esposa y a su familia, descendientes de cruzanteros
eminentes; hombres y mujeres que, a fuerza de tesón, trabajo duro y el amargo
trago de la emigración, transformaron el antaño austero albergue de Bentor en
una riqueza agrícola de valor inestimable.
Anhelaba
consagrar una crónica espléndida a este rincón labriego; me faltaba, sin
embargo, una perspectiva refulgente sobre sus costumbres, su gente y sus
anhelos. De pronto, gracias a la generosidad de mi paisano Reinaldo Lima, llegó
a mis manos una revista de 1947 titulada A la sombra del Teide. Aquel esclarecedor boletín
custodiaba fragmentos inéditos a modo de prólogo de un libro que por entonces
preparaba un ilustre cruzantero: Agustín Armas Arocha. Tiempo atrás, mi
recordado amigo Paco García —primo hermano de mi mujer, Antonia María González
de Chaves y Díaz— me lo había pedido prestado para nutrir el discurso del
mantenedor en las fiestas patronales de 1995.
Entre
sus páginas amarilleadas descansan fotografías de notables vecinos de La Cruz
Santa, pago histórico cobijado bajo la silueta tutelar del Teide. La hermandad
entre estos hombres venía de lejos, de los días en que compartían aula en la
humilde Escuela Local con el trino de los vencejos suspendido en el marco de la
ventana. Todos conocían estos caminos a la perfección, pues sus raíces se
hundían en la tierra y tejían una tupida red familiar desde La Orotava hasta
Los Realejos.
En
sus escritos, Armas Arocha evocaba a figuras decisivas de la vida pública de la
época: el recordado y bondadoso obispo de Tenerife, D. Domingo Pérez Cáceres;
el licenciado D. Carlos Delgado y Delgado, párroco del Realejo Arriba; el
teniente topógrafo villero D. Lorenzo Hernández Armas; el empresario del
Realejo Abajo D. Pedro Rodríguez Siverio; el elocuente orador D. Leopoldo
Morales Armas; el poeta icodense Emeterio Gutiérrez Albelo; el defensor de los
montes D. Antonio Lugo Massieu; el magistral D. Heraclio Sánchez Rodríguez; y
la maestra nacional D.ª Encarnación Yánez del Carmen. Todas ellas,
personalidades beneméritas que evocaban la grandeza de la lírica y las letras
insulares.
A
ellos rindió homenaje en poemas impregnados de un sello muy personal,
concebidos en la década de los cuarenta. Son páginas que descienden, a lomos de
un viento helado y juguetón, desde los altos ventisqueros de la cumbre hasta
encontrar el sol tibio de la tarde en el valle. En ellas se le ve impulsar la
solidaridad social, escribiendo para los cenáculos culturales con fervor
patriótico. Su pluma se despereza sacudiendo las agujas de los pinos, extrae el
fino rocío de la fuente en el silencioso caserío de Palo Blanco y despeina con
afecto a los patricios cruzanteros, difundiendo un mensaje de tiempos que
amanecían entre el afán científico y la turbulencia del siglo.
Con
encendidas proclamas, alentó a sus paisanos a acudir a su querida Cruz Santa:
D. Miguel Cedrés Borges, exalcalde del Realejo de Arriba; D. Germán González
Yánez, procurador de los tribunales; D. Alfonso González Luque, hombre de
letras; D.ª María González Hernández, madrina del equipo de fútbol en 1934; D.
Antonio Gorrín Alonso, jefe de policía; D. Manuel González Yánez, farmacéutico;
D. Narciso Rodríguez Luís, capitán de caballería; D. Alejandro González Yánez,
médico fallecido en Madrid al término de su carrera; D. Domingo Luís Estrada,
maestro y exalcalde; D. Lorenzo Hernández Morales, comerciante; los hermanos D.
José y D. Domingo González Hernández; y D.ª Natividad González Estrada, madrina
de los Exploradores en 1928.
No
resulta difícil invocar hoy la memoria de aquellos hombres: muchos cruzanteros
los guardan intactos en el recuerdo. Por aquellos años, paseaban con
naturalidad por la calle Real; en la plaza y en el Casino celebraban sus
animadas tertulias, por no hablar de los innumerables paisanos que transitaban
entre La Piñera y La Punta compartiendo afanes y nostalgias, dejando tras de sí
el rastro perfumado del tabaco de cosecha propia.
La
vida de la comunidad era apasionante. Aunque la emigración hurtó algunos
rostros, el pueblo supo encauzar su destino: la melancolía se disipaba en las
fiestas, especialmente en la festividad de Las Mercedes, su patrona y madre,
cuando las calles se vestían de gallardetes y los corazones se estrechaban en
el jolgorio.
Agustín
Armas Arocha definía a La Cruz Santa como un enclave fundamental del Valle de
Taoro. Poblado con empaque de villa, se sustentaba en su pujanza agrícola,
comercial e industrial; acarició incluso el sueño de contar con ayuntamiento
propio. Su iglesia, levantada en 1751, custodia el madero primitivo cobijado en
una fina filigrana de plata tras un frontal de cristal. Cuenta la tradición que
la Cruz remonta sus orígenes a los días de la conquista, cuando un caballero
cayó de su cabalgadura y, al entrelazar sus brazos con el madero, resultó ileso
y exclamó: «¡Cruz Santa me ha
salvado!». En aquel entonces, la reliquia se hallaba junto al barranco de
la Raya, donde se le erigió una primera ermita; sin embargo, una riada arrasó
el inmueble, salvándose milagrosamente el madero. Por ello, el templo definitivo
se levantó en un solar céntrico y resguardado.
Es
este un pueblo de fe arraigada. La noche del dos de mayo, las capillas se
engalanan y multitud de hogares alzan sus propios altares: no hay rincón que
rinda mayor fervor al santo madero. Goza además de un clima benigno, seco y
agradable, en pleno corazón del Valle de La Orotava, regalando panorámicas
prodigiosas: desde La Piñera la vista domina Los Realejos; desde el Barrio
Nuevo, atalaya de La Punta, se divisa el Puerto de la Cruz; mientras La Orotava
se despliega, señorial y aristocrática, en la ladera.
Resulta
reconfortante constatar la frecuencia con que los antiguos protocolos
notariales registran legados de viñedos realizados por los antepasados. Sus
caldos fueron y son célebres, testimonio de disposiciones sucesorias que vienen
de muy atrás. Son vinos que no precisan artificios publicitarios, pues el
aprecio por el «sopicaldo» cruzantero forma parte de la identidad misma del
Valle.
Aunque
el lugar contó con varias sociedades culturales, la que siempre prevaleció fue
el Casino «Cruz Santa», fundado en 1924 sobre la sede de una antigua casa de
juegos. En sus vitrinas se conservó con celo la colección de El Grupo, la primera revista de
exploradores editada en Canarias.
Esta
tierra ha dado hijos que, sin contar con títulos académicos, labraron
admirables fortunas. Es justo recordar la figura de D. Domingo León González:
humilde trabajador del campo que, con ese único bagaje, partió hacia tierras
americanas. A fuerza de constancia y rectitud, alcanzó un lugar preeminente en
la agricultura e industria cubanas. Cuando sobrevinieron los tiempos difíciles,
puso su posición al servicio de sus convecinos con lealtad inquebrantable;
presidió la Asociación Canaria-Cubana, impulsando cuanta iniciativa beneficiase
a sus paisanos. Destacó asimismo D. Domingo Donis por el respetable patrimonio
acumulado en la Perla del Caribe; hombre de origen humilde que jamás olvidó a
sus iguales. A ellos se suman muchos otros de menor fortuna a quienes la
memoria colectiva guarda eterna gratitud.
Como
alcalde del Realejo Arriba e hijo insigne del pago, merece especial mención D.
Domingo Luís González. Como consejero del Cabildo Insular de Tenerife promovió
notables mejoras para el pueblo, y La Orotava le debe gratitud por la modernización
del hospital de la villa durante su etapa como inspector comisario. Falleció en
la juventud, cuando el vecindario comenzaba a recoger los frutos de su gestión
magnánima.
La
Cruz Santa es, ante todo, un rincón agrícola, laborioso y celoso de su autonomía.
Esto último se explica porque la propiedad se halla muy repartida: la
mendicidad es desconocida y casi cada familia posee hogar propio. El terreno se
encuentra miméticamente roturado y, aunque la tierra sea dura, su rendimiento
es formidable gracias al trabajo incansable de su gente.
Al
rescatar la intrahistoria de su cultura, reflota la esencia de lo escrito. El
erudito Armas Arocha cultivó el soneto con pulso clásico, legándonos una
invocación apasionada que conecta la poesía con el paisaje natal:
En jardín siempre nuevo y primitivo te hallas enclavada, ¡oh, sin par Cruz Santa! Recibe el amor del hijo que te
canta con arte y emoción
de peregrino.
En casa albergue misterioso vivo, de tus campiñas el verdor me encanta; clima que al cantarlo afecta mi
garganta, la que suavizo
con tu sabroso vino.
A un pueblo que trabaja con holgura le digo con frenesí, con locura, que no cese en sus marchas tan
pujantes;
que sacuda al enemigo su osadía, que al explotarle y envidiarle cada día, le paga con perlas, rubí y
diamantes…
Estas
líneas no persiguen otro propósito que el de rozar levemente el alma de este
barrio. A finales de septiembre, La Cruz Santa compagina la faena diaria con
los preparativos de las fiestas de Nuestra Señora de la Merced, abriendo un
paréntesis de júbilo y reencuentro que imprime carácter a la comunidad.
La
llegada de septiembre convoca a los cruzanteros en torno a su patrona. En este
retablo de recuerdos emerge con fuerza la figura de la mujer cruzantera, pilar
fundamental de la vida comunitaria. Aunque la historiografía a menudo haya
silenciado su rastro, el tiempo revela su auténtica dimensión: su hermosura, su
entereza y su callada labor en la concordia de los hogares.
Un
respetado vecino me confesó en cierta ocasión: «Dichoso usted, que vive en este lugar por cuyas calles
se puede caminar soñando sin temor a que le rompan el sueño». Y así es La
Cruz Santa. Hay viejas vías, como la calle Real al pie del templo de la Merced
—dorado por el sol de los siglos—, donde aún es posible soñar con un pueblo
colgado de las estrellas. Y existe un rincón junto a la iglesia, acunado por
entrañables tertulias, que en primavera regala la certidumbre de que el tiempo
se detiene: un pasado que es también porvenir, una puesta de sol que se
confunde suavemente con la luz del alba.
BRUNO
JUAN ÁVRAEZ ABRÉU
PROFESOR
MERCANTIL

Saludos, mi padre era de la Cruz Santa, Jose Miguerl Fernandez, hijo de Doña Mercedes Rodriguez LUis y Jose Fernandez Perez, primo de Manuel " El Médico", vivo en Venezuela... saludos
ResponderEliminarMi abuelo, paterno es Agustín Armas Arocha. Mi padre era su hijo, Agustín Eugenio Armas Martín. Su esposa fue María Jesús Martin Afonso, mi abuela.
ResponderEliminarYo vivo en Santiago del Teide, Tenerife.
Soy maestra jubilada desde el curso 2020.